Yo, el latin king

“Una historia, cualquiera, se desvanece, pero la vida que ha sido rozada por esa historia queda por toda la eternidad.”
César Aira, Una novela china.

Ilustración ©Fabricio L.

El escenario de mi historia es la ciudad de Santa Elena. Era 2014, tenía apenas trece años cuando empezó la peor parte de mi vida.

 

Yo era un niño normal que asistía a clases y hacía lo que hacían los demás chicos de mi edad. Jamás conocí a mi padre, pero tuve una madre que era todo para mí: madre, padre y amiga, a la vez. Era un privilegio tenerla a mi lado.

 

Crecer sin el afecto de mi padre me afectó, desde luego. En algunas ocasiones tuve inconvenientes con mis compañeros. Es decir, peleas en los que los demás llevaban a sus hermanos mayores o, incluso a sus papás, y querían agredirme. Y yo era indefenso, pues no tenía a un hombre que me respalde. Aquello fue el motivo por el cual formé parte del Latín King, o como los mismos miembros lo llamaban: la Nación.

 

Antes de mi ingreso, unos vecinos –amigos míos del barrio– ya pertenecían a este grupo. Me decían que no era una pandilla, tampoco una ganga. Más bien era una hermandad, basada a la vieja norma: uno para todos y todos para uno.

 

De todas formas, yo ya estaba decidido a ser miembro de una pandilla. Así que cuando se me presentó la oportunidad, no lo pensé dos veces. Me fui a aquella reunión. O mejor dicho, me fui a aquella miri, según el diccionario de los pandilleros. Hice lo que me habían pedido: me pasé por algunas casas cercanas, y alrededor de las ocho de la noche nos dirigimos a la Iglesia matriz del cantón La Libertad. Ahí estaba convocada la miri.

 

Lo primero que vi al llegar al lugar, era un círculo conformado por 30 miembros. Antes de acercarme a ellos me detuvieron a unos metros de distancia y se me acercaron unos hombres mayores. Me saludaron extendiendo su mano y con un abrazo. Luego me interrogaron:

 

–¿Por qué vienes a la gente?

–Vengo para apoyar a mis brother’s.

–Aquí la gente no te va a dar ropa, ni nada por el estilo.

–No vine por cosas materiales –respondí, convencido.

Entonces uno de ellos me dijo:

 

–Las puertas para ingresar a la Nación son grandes, pero para salir son pequeñas e incluso no hay puertas para salir.

–Yo estoy decidido a unirme a la gente y estoy dispuesto a apoyar a esta Nación.

–Si así dices, pues espero que así sea –dijo el hombre e hizo un gesto con el pulgar formando una corana que para ellos significa amor.

 

Asimismo, el índice se usa para expresar respeto, y el dedo meñique para sacrificio.

 

Luego me dijo que me saque la gorra que llevaba, los anillos y todo lo que tenga en los bolsillos. Después de hacerlo, me llevaron al círculo. Todos los miembros estaban con los pies unidos y con la mano derecha sobre la izquierda.

 

Me dijeron:

–Interesado, ¡di permiso para hablar!

Yo pronuncié lo que me dijeron.

 

Entonces King Star tomó la palabra. Él era uno de mis amigos en el grupo y tenía un rango superior. Dijo:

–Yo no considero que este pelado entre a la gente.

 

Después de él, otro king tomó la palabra para decir:

–Si el pelado está decidido a unirse, esta mal de no dejarlo ingresar. Además, las puertas para ingresar a la gente son grandes, pero para salir son pequeñas e incluso no hay puertas para salir.

–Primeramente, ¿cuántos años tienes? –me preguntó King Star.

 

Les mentí que he cumplido catorce.

Ilustración ©Fabricio L.

“El pelado si mete combate. Guerreó hasta el último, a pesar de ser el menor de todosˮ

Ilustración ©Jimmy A.

Estaba muy asombrado por la seriedad con la que hablaban y por la atención que ponían. La verdad es que estaba un poco asustado por las caras que veía. Además, yo era el menor del grupo. Pero de todas formas me aceptaron como miembro.

 

Al día siguiente asistí a clases. En esta época yo pretendía a una de mis compañeras y precisamente por esta chica un estudiante del grado superior quiso faltarme el respeto. Ocurrió en la hora de receso, en pleno patio de la escuela. Por suerte sonó la sirena y el problema no pasó a mayor. Al terminar la jornada, no coincidí con los chicos del grado mayor. Así que regresé a mi casa sin complicaciones.

A continuación cada uno pronunció sus chapas, ósea sus apodos. Se presentaron, me dieron la bienvenida y me preguntaron si tengo algún apodo:

–Los del barrio me dicen el Colorado –respondí.

 

Todo marchaba bien. Me preguntaron sobre los problemas, nadie dijo nada negativo, contaron que habían pasado una semana excelente y procedieron a terminar la reunión con un rezo. Sin embrago, no me dijeron el lugar, la hora ni el día del próximo miri. Simplemente nos despedimos y nos fuimos en dirección al barrio. Recuerdo que regresé tranquilo y entusiasmado a mi casa, porque ya tenía a alguien para que me respalde.

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